Algoritmos: la bola de cristal en el mundo digital

¿Podemos sorprendernos de que nuestras decisiones de consumo estén mediadas casi siempre por una plataforma digital? Claramente no. Estamos en un punto en el que gracias a los algoritmos, las plataformas “hablan” todo el tiempo con nosotros. Nos entienden, nos sugieren. ¿Qué es sino Para ti, el feed de videos personalizados según intereses y actividades de los usuarios de Tik Tok?

A cambio, millones de usuarios en las redes sociales compartimos en ellas información en torno a nuestras preferencias y nuestra vida privada. Somos transparentes y vulnerables a su asedio y mantenemos este escenario sin fricciones. El territorio digital se presenta como de entendimiento mutuo y no pareciera que estemos en desventaja, todo lo contrario, sentimos como beneficio todo aquello que nos es dado a solo un “click”.

¿Lo es? ¿Podemos ver el grado de vulnerabilidad en el que estamos parados frente a las grandes compañías? ¿En verdad tomamos nuestras decisiones?


Kyle Chayka, periodista de la revista The New Yorker, decía hace poco en una entrevista dada al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona que: “Las plataformas nos conectan, pero también homogeneizan los gustos”. El autor norteamericano explica cómo el capitalismo tecnológico unifica criterios estéticos, armoniza las preferencias para todos, al mismo tiempo y en todo lugar. Para graficarlo se refiere a esa misma estética en todos los bares u hoteles del mundo: el estilo industrial, el hierro y la madera “recuperada”, las lámparas de fibras naturales, la cerveza artesanal, y todo aquello que en definitiva da cuenta de una forma de vida igual. En Buenos Aires o en Madrid, en México o en Tokio; una misma estética que -para el periodista- hace que “al viajar, siempre volvamos al mismo lugar”.

Es interesante como Chayka se enfoca en cómo el minimalismo pasó de ser una corriente artística y un concepto profundo del hombre con su entorno, a una tendencia estética cuyo consumo irresistible alcanza niveles que lo convierten en un commodity“llegando a la paradoja de invitar a comprar un objeto para vivir una vida sin tantos objetos. Comprar más para tener menos”, como señala el periodista.

Sería razonable pensar entonces que nuestros gustos -que creemos verdaderamente propios- son producto de las operaciones de datos y algoritmos de las grandes plataformas. Sabemos que sí, pero quizás resta ver el tecnocapitalismo en todo su peligro, principalmente, el proceso de despersonalización que provoca.



Visibilizar los costos de todo esto es un primer paso para el cambio. Así como también lo es exponer las dualidades en este proceso: al tiempo que el mundo presencia el fenómeno de la despersonalización, las grandes compañías hablan de la personalización total, gracias al incremento vertiginoso del volúmen de datos analizables sobre los comportamientos de los usuarios.

 Hablando de costos, vale detenerse en la entrevista realizada a Santiago Bilinkis -emprendedor, tecnólogo, autor y columnista en medios- en el programa televisivo de entrevistas Terapia Picante -que sale por el canal YouTube-. En la nota, Bilinkis explica cómo los algoritmos en las plataformas de citas otorgan puntaje en relación a cuán “lindas” o “feas” son las personas. De esta manera van agrupando “gente linda” por un lado y “gente fea”, por otro. Este puntaje y el consiguiente comportamiento de los algoritmos al que Bilinkis califica como “espantoso”, resulta de los datos que arrojan las reacciones de los usuarios al ver a las personas. Conclusión: “Si bien siempre fue cierto que la más linda no se enganchaba con el más feo en un boliche, ahora ni siquiera lo ve”, dice el entrevistado.

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